Oh oh...
Dicen que era pequeño...
pero su necesidad era grande.
Y aquel día...
todo cambió.
La multitud llenaba el camino,
todos querían mirar.
Hablaban del Maestro,
que acababa de llegar.
Yo era uno más entre tantos,
sin poderme acercar.
La gente me señalaba,
nadie me quería escuchar.
Y aunque tenía riquezas,
algo me faltaba por dentro.
La soledad me acompañaba
a cada paso que daba en silencio.
Entonces corrí sin pensarlo,
como un niño sin temor.
Y subí sobre las ramas
buscando una razón.
Yo era el hombre del árbol,
escondido entre las hojas.
Creía que estaba mirando a Jesús,
pero Él ya me conocía.
Yo era el hombre del árbol,
intentando verlo pasar.
Y terminó siendo Él
quien me vino a encontrar.
Desde arriba observaba
cómo la gente lo seguía.
Hasta que sus ojos buscaron
justamente donde yo estaría.
Y escuché decir mi nombre
entre miles de voces más.
Como si hubiera esperado
ese momento desde la eternidad.
No habló de mis errores,
ni de mi reputación.
Solo me ofreció su amistad
y un nuevo comienzo para el corazón.
A veces somos Zaqueo,
buscando desde algún lugar.
Pensando que estamos solos,
sin nadie que nos pueda mirar.
Pero Él sigue caminando,
y aún se detendrá.
Para decirte suavemente:
"Hoy quiero entrar."
Yo era el hombre del árbol,
y ya no quiero esconderme.
Porque encontré en su mirada
el valor para volver a creer.
Yo era el hombre del árbol,
pero ahora puedo cantar.
Que el día que busqué a Jesús,
Él me encontró primero a mí.
El hombre del árbol...
ya bajó de las ramas.
Y encontró su hogar.